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Facilitadora comparte conocimientos sobre cultura mapuche con participantes de una jornada territorial

Interculturalidad en la intervención social: convivir en la diferencia

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La interculturalidad es una práctica cotidiana que permite reconocer identidades diversas, generar diálogo y desarrollar intervenciones más pertinentes para niños, niñas, adolescentes y sus familias.

Hablar de interculturalidad no consiste únicamente en conmemorar una fecha o exhibir expresiones culturales. Implica revisar cómo escuchamos, cómo tomamos decisiones y cuánto espacio damos a los saberes de las personas y comunidades con las que trabajamos.

Reconocer la diferencia tampoco significa limitarse a tolerarla. Significa comprender que las trayectorias, memorias, lenguas y formas de vida presentes en un territorio pueden enriquecer el acompañamiento y fortalecer la convivencia.

Qué significa una intervención con pertinencia cultural

Una intervención tiene pertinencia cultural cuando reconoce el contexto de las personas y evita aplicar respuestas idénticas a realidades distintas. No abandona los estándares técnicos ni los derechos universales. Los traduce en prácticas capaces de dialogar con el territorio.

Esto supone preguntar antes de asumir. También implica reconocer que las familias poseen conocimientos, redes y experiencias que deben ser consideradas. La relación deja de organizarse únicamente desde la institución y se convierte en un proceso de intercambio responsable.

Identidad y bienestar no son dimensiones separadas

La identidad entrega referencias para comprender quiénes somos y cómo nos vinculamos con otras personas. Se construye mediante historias familiares, comunidades, idiomas, paisajes, prácticas y recuerdos compartidos.

Cuando esas referencias son ignoradas o tratadas como un obstáculo, el acompañamiento pierde profundidad. En cambio, cuando encuentran un espacio respetuoso, pueden fortalecer autoestima, pertenencia y continuidad biográfica.

Durante junio, distintos programas de Fundación CreSeres desarrollaron experiencias vinculadas con el Wiñol Tripantu, el Willka Kuti, el Machaq Mara y otras expresiones culturales presentes en Chile. Las actividades incluyeron ceremonias, gastronomía, relatos, arte, música, siembra, oficios y encuentros comunitarios.

Su valor no estuvo solamente en conocer una tradición. Estuvo en aprender desde quienes mantienen vivos esos saberes y en crear condiciones para que cada participante pudiera relacionarlos con su propia historia.

La diferencia como aprendizaje para la convivencia

La convivencia intercultural no exige que todas las personas piensen o vivan de la misma manera. Exige acuerdos que permitan encontrarse con dignidad. Escuchar una lengua distinta, conocer otra forma de comprender la naturaleza o compartir alimentos tradicionales puede abrir preguntas y desmontar prejuicios.

Ese aprendizaje es especialmente importante en comunidades donde conviven pueblos originarios, familias migrantes e identidades territoriales diversas. La diferencia puede transformarse en distancia cuando no existen espacios de diálogo. Pero puede convertirse en una fuente de aprendizaje cuando es abordada con respeto y participación.

El territorio no es solo el lugar donde ocurre la intervención

Cada territorio posee historia, redes, conflictos, recursos y formas de organización. Trabajar territorialmente no consiste solo en trasladar una actividad a una comuna. Significa construir vínculos con escuelas, centros de salud, municipios, organizaciones comunitarias, cultores, familias y referentes locales.

Las jornadas realizadas por CreSeres junto a rukas, facilitadores interculturales, organizaciones indígenas, universidades y equipos municipales muestran la importancia de esa articulación. Ninguna institución puede representar por sí sola toda la diversidad de una comunidad.

Criterios para no convertir la cultura en decoración

La interculturalidad pierde sentido cuando se reduce a símbolos sin contexto. Para evitarlo, las experiencias deben:

  • incorporar la voz de personas y organizaciones vinculadas con la cultura abordada;
  • explicar el sentido de las prácticas, no solo reproducir su apariencia;
  • evitar generalizaciones sobre pueblos y comunidades;
  • resguardar la participación y dignidad de niños, niñas y adolescentes;
  • conectar la actividad con objetivos de identidad, convivencia o vinculación;
  • reconocer que dentro de cada cultura también existe diversidad.

Una práctica institucional sostenida

La pertinencia cultural no puede aparecer solo durante un mes temático. Debe influir en la escucha, la evaluación, el diseño de actividades, la relación con las familias y la articulación territorial.

Esto requiere aprendizaje permanente por parte de los equipos. También exige humildad profesional: aceptar que intervenir no es llegar con todas las respuestas, sino construir comprensiones junto a las comunidades.

Una intervención más humana no es una intervención menos rigurosa. Es aquella que utiliza el conocimiento técnico sin borrar las identidades de quienes acompaña.

Reconocer, respetar y convivir en la diferencia no es una consigna decorativa. Es una forma concreta de construir entornos protectores.

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