En Chile, hablar hoy de familia es también hablar de cambios. Las familias de hace algunas décadas no son las mismas de hoy. Han cambiado sus estructuras, sus dinámicas y también los desafíos que enfrentan diariamente. Existen hogares monoparentales, familias reconstituidas, abuelos que cumplen un rol central en la crianza, madres y padres que trabajan extensas jornadas y familias de acogida que abren espacio en sus vidas para cuidar a otros niños y niñas.
Sin embargo, en medio de todos esos cambios, hay algo que permanece intacto: la necesidad de amar y ser amado. Porque más allá de cómo esté conformada una familia, lo verdaderamente importante sigue siendo la capacidad de brindar afecto, estabilidad, escucha y protección.

Mayo nos invita precisamente a reflexionar sobre eso. Durante este mes se conmemoran el Día Internacional de la Familia y el Día Mundial del Acogimiento Familiar, fechas que nos recuerdan la importancia de generar entornos protectores y vínculos significativos para niños, niñas y adolescentes.
En un contexto donde muchas familias viven bajo presión económica, emocional y social, el cuidado cotidiano adquiere un valor enorme. Acompañar, escuchar, contener, jugar, poner límites con amor o simplemente estar presentes son acciones que muchas veces parecen pequeñas, pero dejan huellas profundas en la vida de un niño.

“El amor, la simpatía y la ternura deben manifestarse en el hogar”, escribió Elena de White. Y aunque fue escrito hace muchos años, sigue teniendo plena vigencia. Porque toda infancia necesita vínculos donde exista cariño, seguridad y confianza para desarrollarse con dignidad y esperanza.
También es importante comprender que el bienestar de la infancia no puede recaer únicamente en las familias de manera aislada. Hoy todos tenemos responsabilidad. Las comunidades, las escuelas, las organizaciones sociales, las instituciones y el Estado también forman parte de la construcción de entornos protectores. Una sociedad se refleja en la forma en que trata y cuida a sus niños y niñas.

En ese contexto, el acogimiento familiar representa una de las expresiones más concretas de solidaridad humana. Abrir espacio en la propia vida para proteger a un niño o niña habla de una comunidad capaz de mirar al otro con empatía y compromiso.
Desde Fundación CreSeres creemos profundamente en la importancia de fortalecer a las familias, acompañar sus procesos y promover espacios protectores desde la socioeducación y la promoción de derechos. Porque detrás de cada niño o niña que logra crecer con bienestar, siempre existe una red de personas que cuidó, acompañó y creyó en él o ella.
Quizá el desafío de este tiempo no sea volver a un único modelo de familia, sino aprender a valorar todas aquellas formas de convivencia donde existan amor, respeto, cuidado y responsabilidad compartida. Porque finalmente, lo que más necesita un niño no es una familia perfecta, sino adultos presentes capaces de hacerlo sentir querido, seguro y valioso.
Carmen Gloria Hidalgo
Directora Ejecutiva
Fundación CreSeres